Demás II

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    El garabato me sigue por los estrechos renglones del pensamiento trastornado, lo que quiero decir huye despavorido...

 

 

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     Estos despertadores de ahora suenan con un ruido desagradable. Recuerdo el Tilín-Tilín de la campanilla que nos despertaba a las siete de la mañana para ir a desayunar, bostezos y pelos revueltos, luego asearse y  sobre todo lavarse los dientes para volver limpitos a la cama hasta las diez; hora de almorzar.

 Después del almuerzo la siesta del carnero y al despertar con la tercera campanilla la comida ya servida en las largas mesas del Engordadero Infantil del Estado; donde las madres llevaban a sus hijos hiperactivos y enclenques para pocos meses más tarde llevársenos sosegados y rollizos, que daba gloria vernos.

 Para las tres todos en la cama, con pijama y orinal, las oraciones al ángel de la guarda y el beso cariñoso de las monjitas en la frente. Mientras, en el patio, los gorriones piaban en la tarde de verano.

 Quedaba la merienda, la cena, la recena y siempre, después de cada comida, el licorcito de cáñamo que preparaba con esmero sor María, que nos ponía de buen humor y nos hacía ir al catre con esperanza de felices sueños.

 

 

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