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fin
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FUTURO
Arturo salió de su casa en busca de Futuro.
Cuando Futuro llegó a la casa de Arturo no encontró a nadie.
fin
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SUBIR
Otros tenían prisa por ascender, ella, en cambio, celebraba íntimamente cada peldaño conquistado.
Sus compañeros subían tan deprisa que, en su ímpetu, caían por el otro lado.
fin
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CARLITOS
Carlitos ya no tenía miedo por las noches, ni quería que sus padres le dejaran la luz del pasillo encendida cuando lo acostaban. Sabía que los monstruos no podían ver en la oscuridad: ahora le resultaba incluso cómico el oírlos en mitad de la noche, tropezándose con los muebles o con el marco de la puerta.
fin
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OFELIA
Ofelia veía su cuerpo tumbado en el sofá. No quería abandonarlo, pero esa sensación tan placentera, entre el vértigo y el dominio del medio aéreo, y aquella ventana abierta
la incitaron a salir de la habitación.
Sobrevoló su jardín y luego el tejado, voló sobre las casas de sus vecinos y así,
en espiral ascendente, fue abarcando toda la ciudad en sus giros.
El viento era fuerte allí arriba y se dejo llevar.
Dejó atrás la ciudad y atravesó los campos hasta llegar cerca de unas montañas,
allí quiso de nuevo tomar el control de su vuelo.
Planeó por aquellos valles de pastos verdes y riachuelos durante largo tiempo,
acariciando las copas de los árboles.
Ofelia, ya un poco cansada, creyó que ya sería hora de volver a tierra,
pero su cuerpo estaba tan lejos… y el viento en contra.
Entonces vio a un muchacho que dormitaba en un ribazo mientras sus ovejas pastaban tranquilas. Ofelia pensó que podía cobijarse durante un tiempo en aquel cuerpo,
y enseñar al joven a volar.
fin
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LA ESPADA DE DAMOCLES
Pasen por aquí, señores…
Ustedes se preguntarán que fue de la famosa Espada de Damocles… pues ahí la tienen. Si, ahí arriba, justo encima de sus cabezas.
¿Pero…? ¿A dónde van? No se marchen… ¡Vuelvan! No hay nada que temer…
Malditos turistas americanos…
fin
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PUM
Habían quedado grabados en su memoria los hechos después de muchos años, lo mismo que quedaron impresos los dedos en su rostro pueril aquella lejana tarde.
La puerta del cuarto estaba entreabierta y sobre la cama estaba enfundada el arma reglamentaría de su tío el policía. Nunca la dejaba ahí; al alcance de cualquiera, pero aquella tarde olvidó esconderla en lo alto del armario.
El era un crío inquieto y curioso, como casi todos los críos de nueve años, y no pudo contener la tentación, aunque sabía que lo que estaba haciendo estaba mal. Se acercó a la cama, abrió la funda y saco la pistola, sosteniéndola con las dos manos; era pesada y fría, su negrura sin brillo la hacía parecer todavía más gélida.
Sintió una mezcla de miedo y placer viéndose en el espejo del armario sujetando aquel arma. Apuntó al espejo, como había visto hacer en el cine de su barrio e hizo un ruido con la boca simulando un disparo.
La sangre se le heló cuando vio por el espejo la figura de su tío que entraba por la puerta de la habitación.
Hasta entonces no había recibido un bofetón tan grande como el de aquella tarde; lloró amargamente de dolor, más que por otra cosa, durante un buen rato, mientras era regañado. Luego su tío, que le quería verdaderamente, intentó consolarle.
Ahora, muchos años después, les contaba a sus hijos esta historia, con el ánimo de infundir en ellos la aversión que él tenía por las armas y en tono divertido añadía que cada vez que veía una, se le ponía colorada la mejilla izquierda.
fin
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CUENTOS Y VERDADES
Después de envenenar a los enanos y robarles los diamantes, Blancanieves pagó a juglares y charlatanes del reino para que contasen una historia muy distinta a la real. La misma que, a la postre, ha llegado hasta nuestros días.
fin
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