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EL REGALO
Miré el cuenco de mis manos: era el nido donde había sido depositado un huevo de cristal.
El huevo eclosionó y apareció la luz, las estrellas, las galaxias; el universo entero.
Se formó la tierra, se llenó de vida, y dentro estaba yo, mirando el cuenco de mis manos.
Todo en un instante: el tiempo que tarda un Big-Bang en ser consciente de ser un Big-Bang.
fin
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En humilde homenaje a Monterroso.
AUGUSTO
Desde las frías estancias salían los quejidos de los soldados heridos.
Solamente se disponía de un médico, que a cada momento lanzaba maldiciones mientras iba de un catre a otro acompañado por unas enfermeras con el uniforme manchado de sangre y los brazos desnudos, porque las mangas habían sido usadas para hacer vendas.
Dos camilleros hablaban y fumaban impasibles en el pasillo del improvisado hospital, esperando que llegasen más heridos del frente de Anzio o que les avisasen para retirar otro cadáver.
Un sacerdote sentado en un camastro junto a un soldado moribundo al que acababa de dar la extremaunción, parecía rezar con las manos cubriéndose el rostro, o tal vez escondiendo la impotencia.
Augusto podía verlo todo desde el jergón donde lo habían acostado; podía verlo y oírlo pese a que frecuentemente perdía la consciencia durante tiempo que él no podía determinar y luego despertaba otra vez en aquella pesadilla. Había perdido mucha sangre y la herida todavía rezumaba tiñendo de rojo el vendaje.
El cura salió de su ensimismamiento y al ver los ojos sin vida del muchacho al que acompañaba se los cerró y le hizo la señal de la cruz. Luego se incorporó pesadamente y avisó con un gesto a los camilleros. Después comenzó a andar ojeando a los soldados tumbados.
Augusto lo veía acercarse con paso pausado y advirtió en los ojos de aquel sacerdote la mirada que nunca hubiera querido ver; la de la lástima más profunda.
Cerró los ojos para no verlo llegar, quiso huir de aquella pesadilla; volver a abrazar a Lucía, comer el guiso de mamá, vivir, gritar… Las palabras del sacerdote resbalaban sin sentido hasta su tímpano, luego sólo un murmullo y después el silencio.
Cuando despertó, el cura ya no estaba allí.
En el pálido rostro de Augusto se dibujo una dulce y triunfal sonrisa.
fin
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FUMAR ACORTA LA VIDA
En el paredón el espía pidió su último deseo: difícil petición, dada la escasez, pero el sargento le ofreció el único cigarrillo de la compañía, pese a las airadas protestas de la soldadesca.
Fumó con tan grande placer, que los del pelotón de fusilamiento envidiaron, de veras, la suerte de aquel hombre.
Lo frieron a balazos antes de que el sargento diera la orden.
fin
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EL ENANO
Ahora, desde las ruinas, sería fácil echar la culpa a los niños, pero también los mayores nos reíamos de él; de su cara, sus extremidades cortas, de su forma de andar.
Los enanos siempre han sido bufones y payasos, lo más normal es reírse de ellos y considerarlos animales domésticos. Quien iba a pensar que les afectara tanto... de haberlo sabido nos hubiéramos reído a escondidas, o que se yo... cualquier cosa antes que enfadarlos. Ya ves, a todos se nos borró la sonrisa cuando el enano empezó a crecer.
Y si sólo hubiera crecido hasta alcanzar al más alto de nosotros, seguro que lo podíamos haber dominado con facilidad, pero la altura de un edificio de veinte pisos impone demasiado, y luego esa risa malvada del enano-gigante que nos hizo suponer lo que vendría después.
fin
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EL LIBRO
Ahí está el libro, en la tercera estantería, al alcance de la
mano. Sólo un mínimo esfuerzo: cogerlo, pagarlo en la caja, meterlo en una bolsa
y ya está. Pero ese título tan comprometedor: “Como superar la timidez” y la
cajera tan atractiva…
Hoy se llevará un libro sobre las costumbres migratorias de las aves, mañana lo
intentará de nuevo.
fin
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EL AUTOBÚS
Una bolsa de plástico remolinaba en el aire, el cierzo lastimero apenas nos dejaba ver: hacia que la arena se nos metiera en los ojos.
Por fin se vislumbró en la lejanía la silueta del autobús. Llegó y se abrieron estrepitosamente sus puertas.
Mi madre pago los billetes al inexpresivo chofer, después recorrimos unos metros por el estrecho pasillo de miradas curiosas.
Nos sentamos en la parte central, detrás de un señor calvo, cuya cabeza reflejaba los rayos del sol como si fuera un objeto metálico, algo que me pareció muy divertido y que quise hacer saber a mi madre, señalándoselo con el dedo, pero ella me pego en la mano, y me echó una de sus miradas.
Yo me acomodé junto a la ventanilla, mi mamá me cedió este sitio porque sabía que me gustaba y así me estaba quieto.
El autobús arrancó bruscamente y a través del cristal pude ver como la bolsa se había enganchado en la rama de un árbol deshojado de la plazoleta y como parecía querer zafarse de su captora.
El viejo autobús tomaba velocidad y yo me deleitaba con aquella sensación; sintiendo pasar el mundo, sin ningún esfuerzo, ante mis ojos de infante.
fin
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LO QUE EL CIEGO NO VE
A veces me da por pensar en todo lo que no sé, en todo lo que no he visto ni nunca conoceré. Me asomo al abismo de mi ignorancia y siento verdadero vértigo.
Recuerdo entonces, para aliviar mi náusea, esa paradójica historia en la que Sócrates, para aleccionar a sus discípulos en el ágora, se acercó a ese viejo ciego, que con el argumento de que su vida estaba vacía y era oscura como una caverna sin luz, intentaba infundir lástima.
“Dime, buen hombre. ¿Qué es lo que no ves?” Le preguntó sabiamente y el invidente, queriendo expresar toda la belleza que se estaban perdiendo sus ojos, enumeró una retahíla inacabable de cosas, tantas, que con ellas se podría haber hecho un universo paralelo.
fin
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